El plagio, la desvergüenza y la vagancia

Adolfo Gil
20/12/2016 01:12

laopinioncoruna.es

El tema está de actualidad y provoca la reflexión sobre qué pasa con los trabajos del señor rector magnífico de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, acusado de plagio por varios autores que vieron reproducidos fragmentos de sus obras, monografías, artículos y tesis, sin citar la autoría original.

Siempre nos dijeron que lo que no estaba en los clásicos griegos ya no era nuevo ni original; Eugenio D’Ors sentenció que si no es tradición, es plagio y Baroja nos sorprende siempre diciendo que todo lo que no es autobiografía es plagio; quizá por eso alguien habló del plagio como una de las bellas artes, refiriéndose a la imitación, a la reproducción, a la falsificación, sin fronteras bien definidas.

Se ha escrito que “En un lugar de la Mancha?” es un octosílabo del romance popular El amante apaleado y que “de cuyo nombre no quiero acordarme?” se inspira en el El conde Lucanor: “Señor conde -dixo Patronio-, en una tierra de que me non acuerdo el nombre, avía un rey?”. Evidentemente nadie ha puesto reparos a Cervantes sobre sus lecturas, ni al Arcipreste de Hita sobre el poso -en el Libro de Buen Amor– de Ovidio, los goliardos o El collar de la paloma de Ibn Hazm de Córdoba.

Con la imprenta se simplifica la reproducción de los libros y aparece la piratería, el lucro que se obtiene de réplicas no autorizadas siempre es del impresor, no del autor, cuando se despierta el interés de las clases pudientes por los textos clásicos. En el S. XVIII inglés vemos el primer intento de legislar sobre los derechos de autor, concediéndoles privilegios para editar sus propias obras.

A partir de ahí en Occidente se adoptaron medidas para proteger la creación. En el ámbito anglosajón, surge el copyright y en Europa el derecho de autor, el primero defiende el derecho patrimonial o económico y el segundo reconoce además el derecho moral que el autor posee a divulgar su obra, su autoría y su integridad. Por un lado, podemos estar ante la simple piratería, hurto, robo y, por otro, el plagio del que se incauta de un bien inmaterial, aunque no tenga ánimo de lucro.

Es verdad que el plagio es imperdonable, pero eso no le impide al autor tratar temas que la colectividad le exige a cualquier estudioso, que ha de conocer lo ya sabido sobre un tema antes de pronunciarse; quizá por eso al señor rector en el candelero, acusado de gran cantidad de copias literales de páginas y páginas de obras de otros autores a los que no cita, haya que acusarlo de plagio; pero, sobre todo, de copión. Sus defensores argumentan que lo copiado no tiene relevancia académica ni sustancia científica, por lo tanto, el descrédito es mayor y la desvergüenza, supina; concedámosle que no copia ideas originales ¿solo copia páginas al peso por no molestarse en redactarlas? En su momento, a alguno de mis alumnos no le recriminaría la copia, sino la vagancia. Siempre terminamos diciendo “Todo está escrito”, con Mario Benedetti, pero no será posible el renacimiento, día a día, de la creación y la divulgación con este magnífico rector.

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