Fernando Suárez y el plagio del doctor en historia de la Universidad de Jerusalén

Fernando Suárez publicó un artículo firmado por él que en realidad era un calco de párrafos de otros autores. Entre ellos, Robert Bonfil, un doctor experto en historia judía, especialmente en Italia donde ha vivido y donde ha sido rabino, concretamente de Milán de 1962 a 1968. En la Universidad Hebraica de Jerusalén ha sido profesor de historia desde 1980.

Año 2010

Fernando Suárez Bilbao,
“El triste epílogo de los judíos españoles. El exilio italiano”CENTROS DE PODER ITALIANOS EN LA MONARQUÍA HISPÁNICA (SIGLOS XV-XVIII),Martínez Millán y Rivero Rodríguez (Coords). Madrid 2010, pp, 99-161
La llegada de los desterrados de España a Italia ha sido uno de los temas favoritos de la historiografía judía reciente (2). Al fin y al cabo era, al menos en teoría, un lugar privilegiado para su establecimiento donde surgiría una intelectualidad judía que produciría frutos como el Siglo de Oro, y una tierra, la más ilustrada y floreciente de Europa (3). El sentido y las implicaciones últimas del paradigma cambian, por supuesto, a medida que cambia la perspectiva (pp. 99-100)
A pesar de algunos episodios dramáticos, como por ejemplo el célebre proceso de 1475, a causa del supuesto asesinato de Simonino de Trento, se trataba de un lugar tal y como se podía saber e imaginar en los reinos de España, de Aragón, de Navarra y Portugal, de un hebraísmo relativamente rico, económica y culturalmente hablando, y bastante protegido de los ataques del mundo circundante, vivo, activo, móvil, permeable, sobre todo suficientemente abierto hacia el exterior,
En el siglo XV, en Italia, los médicos, los preceptores, o los rabinos la mayoría de las veces eran de origen francés, alemán y español. Entre los prestamistas, muchos provenían de tierras francesas y alemanas. Además, con frecuencia se aprecia también la presencia en la sociedad judía de pequeños artesanos, de servidores o incluso prostitutas provenientes de Francia, de Alemania y hasta de Polonia.
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Los judíos italianos se trasladaban frecuentemente fuera de su país, en primer lugar para realizar peregrinaciones a Palestina, común-mente pasando por Egipto, como lo atestiguan algunos casos de personajes famosos, como por ejemplo: Isaco de Emanuele de Pisa, Meschullam de Volterra y Obadía de Sforno. Y tampoco faltan testimonios sobre viajes o proyectos de viajes de judíos hacia la Península Ibérica, como en el caso de un contrato florentino del año 1468 (estipulado por el notario Ser Piero de Antonio Da Vinci, padre de Leonardo), que registra un compromiso entre tres judíos, dos de los cuales residentes en Florencia y uno en Volterra, que querían hacer un viaje a Cataluña embarcándose en una de las galeras florentinas que navegaban entre Pisa y Barcelona4. Se trata de un documento que confirma, si es necesario hacerlo, que las tierras ibéricas no eran ajenas a los horizontes de los judíos italianos y viceversa (p. 100-101)
Es verdad que (excepto en el ámbito de los cambios culturales) hasta ahora no se ha indagado bastante a fondo sobre las relaciones que los judíos ibéricos tuvieron con los judíos italianos antes del año 1492; también es verdad que sabemos muy poco de los viajes y de las estancias de los judíos italianos en la Península Ibérica. Pero, incluso sin remontarse demasiado en el tiempo, (por ejemplo las estancias italianas de Benjamín de Tudela y de Abraham Ibn Ezra, durante el siglo XII), es posible reunir, por lo que concierne al siglo XIV y el siglo XV, una gran cantidad de testimonios publicados y no publicados sobre las relaciones entre ambas y, sobre todo, con los viajes a Italia por parte de los judíos que provenían de la Península Ibérica….
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En todos los numerosos y pequeños Estados existentes en Italia durante la segunda mitad del siglo XV, todavía no se había llegado a una organización política estable ni centralista. En especial, eran aún muy fuertes, no sólo en las ciudades, sino también en modestas localidades agrarias, las tradiciones de autonomía de origen comunal y feudo-señorial. Casi cada centro urbano o semiurbano (y hablamos de concentraciones demográficas que tal vez no superaban los mil habitantes), mantenía prerrogativas, ordenamientos y formas de autogestión garantizadas por específicos estatutos que los gobiernos centrales, aunque fuesen monárquicos, principescos o señoriales, no podían violar fácilmente9.

Año 1995

Robert Bonfil,
“Italia: un triste epílogo de la expulsión de los judíos de España”, en el vol. Judíos. Sefarditas. Conversos. La expulsión de 1492 y sus consecuencias, Angel Alcalá (ed.), Valladolid 1995, pp. 246-268.
La llegada de los desterrados de España a Italia ha sido uno de los temas favoritos de la historiografía judía reciente(1) l fin y al cabo era, al menos en teoría, un lugar privilegiado para su establecimiento donde surgiría una intelectualidad judía que produciría frutos como el Siglo de Oro, y una tierra, la más ilustrada y floreciente de Europa. El sentido y las implicaciones últimas del paradigma cambian, por supuesto, a medida que cambia la perspectiva.
A pesar de algunos episodios dramáticos, como por ejemplo el célebre proceso de 1475, a causa del supuesto asesinato de Simonino de Trento, se trataba de un lugar tal y como se podía saber e imaginar en los reinos de España, de Aragón, de Navarra y Portugal, etc., de un hebraísmo relativamente rico, económica y culturalmente hablando, y bastante prote-gido de los ataques del mundo circundante, vivo, activo, móvil, permeable, sobre todo suficientemente abierto hacia el exterior.
En el siglo XV, en Italia, por ejemplo, los médicos, los preceptores, o los rabinos la mayoría de las veces eran de origen francés, alemán y español. Entre los prestamistas, muchos provenían de tierras francesas y alemanas. Además, muy frecuentemente se nota también la presencia en la sociedad judía de pequeños artesanos, de servidores o incluso prostitutas provenientes de Francia, de Alemania y hasta de Polonia.
Los judíos italianos se trasladaban frecuentemente fuera de su país, en primer lugar para realizar peregrinaciones a Palestina, comúnmente pasando por Egipto, como lo ates-tiguan algunos casos de personajes famosos, como por ejem-plo: Isaco de Emanuele de Pisa, Meschullam de Volterra y Obadía de Sforno. Y tampoco faltan testimonios sobre viajes o proyectos de viajes de judíos hacia la Península Ibérica, como en el caso de un contrato florentino del año 1468 (estipulado por el notario Ser Piero de Antonio Da Vinci, padre de Leonardo), que registra un compromiso entre tres judíos, dos de los cuales residentes en Florencia y uno en Volterra, que querían hacer un viaje a Cataluña embar-cándose en una de las galeras florentinas que navegaban entre Pisa y Barcelona. Se trata de un documento que confirma, si es necesario hacerlo, que las tierras ibéricas no eran ajenas a los horizontes de los judíos italianos y viceversa (p. 160.161)
Es verdad que (excepto en el ámbito de los cambios culturales) hasta ahora no se ha indagado bastante a fondo sobre las relaciones que los judíos ibéricos tuvieron con los judíos italianos antes del año 1492; también es verdad que sabemos muy poco de los viajes y de las estancias de los judíos italianos en la Península Ibérica. Pero, incluso sin remontarse demasiado en el tiempo, (y citar por ejemplo las estancias italianas de Benaiamino de Tudela y de Avraam Ibn Ezra, durante el siglo XII), es posible reunir, por lo que concierne al siglo XIV y el siglo XV, una gran cantidad de testimonios publicados y no publicados sobre las relaciones entre las dos áreas y, sobre todo, la frecuentación de Italia por parte de los judíos que provenían de la Península Ibérica.
En todos los numerosos y pequeños Estados existentes en Italia durante la segunda mitad del siglo XV, todavía no se había llegado a una organización política estable ni centralista. En especial, eran aún muy fuertes, no sólo en las ciudades, sino también en modestas localidades agrarias, las tradiciones de autonomía de origen comunal y feudo-señorial. Casi cada centro urbano o semiurbano (y hablamos de concentraciones demo-gráficas que tal vez no superaban los mil habitantes), mantenía prerrogativas, ordenamientos y formas de autogestión garan-tizadas por específicos estatutos que los gobiernos centrales, aunque fuesen monárquicos, principescos o señoriales, no podían violar fácilmente.

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